lunes, 26 de mayo de 2014

Max: ¿Me harías un favor? ¿Puedes describir el día para mí? ¿Cómo está afuera?
Liesel: Está nublado.
Max: No, no, no, haz las palabras tuyas. Si tus ojos pudieran hablar, ¿qué dirían?
Liesel: ¿Es un...día pálido...?
Max: Día pálido, bien, continúa.
Liesel: Todo se encuentra detrás de las nubes. Y el sol no se ve como el sol.
Max: ¿Cómo se ve?
Liesel: ¿Como una...esfera plateada...?
Max: Gracias, ya lo vi

Esta conversación es de la película "La ladrona de libros". Una historia que por "h" o por "b" pellizcó suavemente mi corazón. Cierto es que, igual que me pasa con todas las películas que veo y libros que leo, también esta vez lo he olvidado casi todo. Ya no recuerdo la cara de esa niña que tan especial me pareció... creo que era infantil, como a su edad correspondía, aunque con una extraña sabiduría innata a su vez. Pero no la recuerdo con exactitud. Lo que no he podido obviar en absoluto ha sido la frase que me ayuda cada vez que voy a comenzar a escribir: Si tus ojos pudieran hablar, ¿qué dirían?

Viajes al otro lado del charco, personas que quieres, personas que quieres a veces, una canción que te despierta algo, desgracias inesperadas, besos que no te satisfacen, un sueño raro, el mar en calma, el canto del cuco, el buen sexo, la muerte... son para mí cosas que merecen ocupar un cuaderno vacío y sediento de vida. Porque...¿dónde van a parar todos esos pensamientos estrafalarios que nos visitan? ¿No son algunos de ellos merecedores de persistir en el tiempo?

Me gusta escribir. Creo que me aligera el espíritu. No sé si las aficiones vienen registradas en los genes, imitas porque tus padres y abuelos lo hacen o simplemente un buen día tu cabeza hace clic y empiezan a apetecerte... Y aunque me ha costado bastante, en un impulso de entusiasmo, he decidido enseñar en lo que últimamente pierdo algo de tiempo. Os dejo parte de lo que quizá algún día, llegue a ser una fracción de algo más extenso que un texto suelto. El comienzo de una historia inventada, de ficción, pero contada desde lo que mis ojos observan de esos seres tan complejos y fascinantes: vosotros, nosotros, los humanos.


La noche que me mataron.

Sofía y la ingravidez su alma.

20 segundos. Es lo que tardé en morir. Así a bote pronto, puede parecer poco, pero os garantizo que en los momentos de agonía extrema, el concepto "tiempo" se estira como uno de esos chicles boomer que venían enrollados en una cajita. Y no sabe precisamente como sabía esa exquisita tira de fresa... Mi muerte en concreto tenía más bien un regustillo a amoníaco. Una vez que el corazón me dejó de funcionar, es cuando me convertí en testigo de mi propio cuerpo muerto. Estaba guapa, pues al estar todavía caliente, no tenía el clásico aspecto de piedra fría que tienen los cadáveres. Incluso la sangre esparcida por el suelo y sobre mi silueta me daban un toque exótico.Por un momento me alegré de llevar puesto el conjunto de ropa interio de Victoria's Secret que me hacía los pechos grandes, hasta que me di cuenta de que se había convertido en un trapo inmundo del que ni siquiera se distinguía su color verde lima originario. Esperaba que no tardasen mucho tiempo en encontrarme... no me hacía gracia alguna que me vieran en un lamentable estado de descomposición.

Siempre había sido muy inclinada a analizar todo demasiado, y ni siquiera con el fallecimiento conseguía despojarme de mis defectos.Si para elegir la ropa del día siguiente tardaba una media de 20 agónicos minutos, para evaluar mis tres décadas y pico, San Pedro, el venerable y colérico guardián del paraíso, podía ir pidiendo un cuter para cortarse las venas. Pero no. La verdad es que esta vez lo tenía bastante claro. Mi propio juicio final me decía que sí, que mi existencia me había gustado, que le había sacado partido y salvo en remotas excepciones, mi conducta hacia el prójimo había sido decente. Aunque también me siento en la obligación de contaros desde mi punto de vista de alma sin cuerpo que siempre siempre se puede hacer más... sí, quizás tenía que haber sonreido más, haber abrazado más a mi madre y haber sido un poco más golfa con los hombres. Pero lo que realmente tenía mi espíritu atormentado era otra cosa: todos los asuntos pendientes que me quedaban en la tierra y algún imbécil los terminaría por mí.

Las dos cosas con las que más conforme estaba eran que me había reido muchísimo y había hecho infinidad de buenos amigos. Amigos de los de "en la salud y en la enfermedad". El día del funeral por lo menos así parecía, pues la iglesia estaba repleta. Era como siempre lo había ideado: rebosante de drama e intensos llantos. Pero aunque tengo que admitir que en mi imaginación siempre me resultaba excitante pensar en mi funeral, cuando la fantasía se hizo realidad, no sentí un gran placer. Me angustiaba ver a mi hermano derrumbado, a mis amigas ahogarse en sus propias lágrimas y en definitiva, a todos mis seres queridos con el corazón roto por mi marcha repentina y no poder hacer nada al respecto. La punzada más angustiosa la sentí cuando mi fiel amiga Clara, les deleitó con el Ave Maria de Schubert. Ese día su voz sonaba especialemente bella. Cuántas veces la habría escuchado cantar aquello...nunca me imaginé que lo acabaría haciendo para mí. Lo único que me causaba cierto gozo era ver a todos mis amantes destrozados por no volver a tenerme nunca más. Haberme aprovechado más en vida... ¡canallas!

Cuando quemaron mi cuerpo y me reduje a cenizas fue bastante doloroso. Mi joven cuerpo de 32 años era esbelto, de formas proporcionadas y a más de uno había vuelto loco. Incluso con los numerosos cortes que ocupaban gran parte de la superficie de mi piel resultaba tentadora... lo había notado horas antes en la actitud del forense, que al verme había esbozada una sonrisa que delataba su alegría por haberse topado por fin con un cuerpo femenino y joven. No le culpo. No es lo mismo manipular hojas Excel que cadáveres. Además, era la última vez que un hombre iba a sentir deseo por mi ex-yo.

Con aquella visión de las llamas derritiendo mi ser material, di gracias a dios por haber tenido esa extraña tendencia de hablar constantemente sobre la muerte y haber comentado a mis padres el deseo de donar los órganos. En vida me parecía excitante regocijarme en ello, aunque nunca lo hice pensando en que llegaría el día en el que esto fuera más allá de mi imaginación. A pesar de todo, no me arrepentí de que otra persona aprovechara mi sano corazón. Total, el alma me la había llevado conmigo.